Consignas para escritores.
CLASE 1: Cuento realista o no realista.
PROPUESTA: Encadenando palabras.
TALADRO, MUEBLE, PAÑUELO, BOCADO, SEDA, PORTÁTIL, FANTASMAL, RUTILANTE, CAMINO.

Magia.

Un taladro no era lo más raro que le había pedido que trajera. Una gallina de dos kilos, un dado de seis centímetros exactos, bombillas usadas, líquido de frenos, una jeringuilla con lejía, latas de refresco vacías… La lista podía ser tan larga que ponerla en papel le costaría al mundo un par de árboles. ¿Y de todas formas, para qué las quería? Si luego nunca las usaba. Estaba segura de que sólo le pedía esos recados para alejarla de la verdadera magia que se escondía en aquél mueble.

El taladro pesaba bastante. Había ido a buscarlo a casa de sus padres, porque ellos aún no tenían, y daba las gracias por haberse mudado cerca. Llamó al ascensor con insistencia, aunque cuando había bajado volvía a estar estropeado, pero por intentarlo… Para su sorpresa, un pequeño “¡ding!” y la puerta se abrió ante sí. Magia. Él estaba en casa, esperándola con una enorme sonrisa en los labios y las manos enguantadas llenas de pintura. La dejó pasar, dándole las gracias una y otra vez por el favor; mientras Kiba, su perro, corría entre sus piernas a modo de saludo. Adoraba a Kiba, pero aquella alergia… Él le pasó una mano por el pelo, y antes de que pudiera estornudar ya tenía un pañuelo frente a sí. Completamente limpio, sin un rastro de la pintura azul que en aquél momento goteaba sobre su alfombra de trapillo. ¿Cómo…?

Le quitó el taladro de las manos y le pidió por favor que esperara fuera. Suspiró. Iría a la cocina a por un bocado mientras. Tenía la esperanza de que algún día le dejara ver aquello en lo que se afanaba cada día; respetaba su decisión de enseñárselo al final, pero la curiosidad le estaba matando. El ruido del taladro resonaba por la casa… ¿y si se asomaba a mirar, sólo un poco? Caminó de puntillas hasta la habitación y agarró el pomo de la puerta, un viejo tirador en forma de bola, que se soltó con un ligero “click”. Miró el pomo que tenía en las manos con asombro, pues se había separado de la puerta sin ningún esfuerzo, y vio que de él colgaba una pequeña seda roja. Y de ésta, otra azul. Y una verde. Siguió tirando de la ristra de pañuelos que salían de lo que antes había sido su cerradura. Amarillo, negro, blanco, rojo, azul, verde, amarillo, morado, rosa… y así tantas veces que acabó tirándolo todo al suelo y gruñendo de la frustración.
Una risa de satisfacción salió de la habitación; sólo esperaba que luego lo arreglara. ¿Pero cómo lo había hecho, si minutos antes había visto cómo él lo usaba sin problemas? Ah, claro. Magia.

Volvió a la sala y cogió el portátil. Más le valía trabajar un poco, por lo menos. Aquella mañana no había escrito mucho, porque el ordenador había decidido rebelarse en su contra, y por eso había salido a por el taladro. A lo mejor en el tiempo que había tardado, había decidido arreglarse sólo. Fue abrirlo y oírle llamando su nombre, en un susurro casi fantasmal proveniente del cuarto que compartían desde hacía apenas dos meses. ¿Por qué parecía que llevaran toda una vida?

La puerta volvía a tener el pomo en su sitio cuando entró. Ahí estaba él, sucio y sonriente, y tras de sí el dichoso mueble en el que llevaba trabajando desde que se mudaron y donde había ido guardando todas las cosas extrañas que le había llevado. Era un mueble de color azul cielo, con graciosas nubecitas dibujadas a mano, con mejor intención que gracia. Le encantaba.

Se acercaba la hora de cenar, así que tocaba limpiarse y bajar, que habían quedado con sus padres. Metió el taladro en el armario antes de entrar en el aseo, a quitarse la pintura, mientras ella se cambiaba bajo la rutilante luz del ropero. Estaban poniéndose en camino cuando recordó que tenía que devolverle el taladro a su padre y volvió a por él; pero el taladro ya no estaba. Estaba segura de que lo había metido ahí y nadie había vuelto a abrir el armario. Le miró, y él le guiñó el ojo.

Magia.

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