Consignas para escritores.
CLASE 3: La única forma de esquizofrenia vocacional
PROPUESTA: Descripción de una plaza conocida… vista por primera vez.

Describir una plaza conocida desde los ojos de a) un niño; b) un turista; c) un comerciante de la zona.

Santo Domingo.

Murcia. ¿Por qué habría dejado a su mujer escoger el destino? Podían haber elegido Sevilla, Madrid o Barcelona. Incluso Benidorm, y aprovechar que allí el verano no moría. Pero habían viajado desde tan lejos para pasear por Murcia, una capital sin playa. Al menos el día acompañaba, aunque él no podía dejar de pensar que esos rayos de sol estarían mejor aprovechados si estuvieran descansando en la playa, con los niños a sus pies haciendo un castillo de arena. Él sería la envidia de la oficina al volver de las vacaciones, pero no. Su mujer quería ir a Murcia y a Murcia fueron.

Aquella calle -¿Platería? ¿Traperías? No tenía ni idea-, estrecha y abarrotada, conducía desde la Catedral –muy bonita, sí-, hasta una plaza bastante famosa. ¿Cómo había dicho ella que era? ¿Floridablanca? ¿Santo Domingo? Vio el Gato Negro, la famosísima administración de lotería, abarrotado a su derecha. La gente iba a por El Niño, erre que erre en que les tenía que tocar. Una señora tocaba la guitarra y una extraña figura humana, representando a un camarero que resbalaba, atraía la atención de los curiosos.

Finalmente entraron a Santo Domingo –al final lo había mirado en la guía- por un lateral, y si tenía alguna queja sobre Murcia tuvo que callarse. Aquella plaza rebosaba vida. La verdad, aunque refunfuñara por el destino elegido le estaba gustando la ciudad, con sus edificios antiguos y su cielo abierto y limpio; pero algo en aquella plaza le impactó. Los grandes árboles rodeados de bancos, el círculo de estatuas o la de gente que paseaba tranquilamente por los alrededores – no sabía qué, pero le dejó sin palabras. Había jóvenes sentados bajo los árboles; familias desayunando en las múltiples cafeterías, de terrazas protegidas por toldos emparejados; y parejas que se afanaban ultimando las compras de Navidad.

Fue entonces cuando, al pasar frente al gran buzón destinado a recoger las cartas a los Reyes Magos, una joven vestida de rojo se acercó a ellos y les detuvo, preguntándoles si querían participar en un truco de magia. Sus hijos lo miraron ilusionado; y aunque él cualquier otro día del año hubiera dicho que no, que tenían prisa –o alguna otra excusa- aquél día cedió. Porque aquella plaza parecía tener su propia magia, y era una buena forma de honrarla.

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