El Libro del Escritor, del que ya os he hablado en alguna ocasión, organiza un reto de escritura muy interesante: 52 relatos cortos en un año, uno a la semana. Yo acabo de enterarme (¡bien por mí!) y aunque lleve 17 retos de retraso he dicho: ¿por qué no? Así pues, hoy os traigo el primer reto de todos, basado en la siguiente premisa:

1. Escribe sobre un sueño o pesadilla que hayas tenido esta semana.

A continuación, os dejo con el relato. ¡Espero que os guste, y espero vuestros comentarios!

Coche

Primer día

—¡Vamos a llegar tarde! Date prisa, por favor, no quiero ser la última en entrar en clase en mi primer día —rogué; pero, por más que lo intentaba, no conseguía que Jose se diera prisa ninguna. Cuando terminó de arreglarse (nunca tardaba tanto, ¿por qué precisamente aquel día sí?) ya salíamos con más de diez minutos de retraso. Por no esperar al ascensor, bajé corriendo las escaleras y mi frustración siguió aumentando al darme cuenta de que Jose no pensaba dar un paso más rápido que el otro—. ¡JOSE!

—Que ya voy, pesada.

¡Pesada! ¡Encima! ¿Cómo se atrevía a insultarme, sabiendo lo importante que era para mí aquel día? Era mi primer día de universidad, ¡de nuevo! Años después de finalizar mi primera carrera, por fin había dado el paso de estudiar Historia del Arte, algo que siempre me rondó la mente, y no quería llegar tarde y llamar más la atención; bastante tendría ya con ser la más mayor de la clase, graciasdenada. Jose se había ofrecido a llevarme en coche; ¿pero para qué narices lo hacía si me iba a hacer llegar tarde?

Cuando por fin subimos al coche, sentía ganas de llorar. Jose arrancó y en silencio puso rumbo a la autovía, mientras yo intentaba tranquilizarme. El viaje transcurrió tranquilo y me di cuenta de que había exagerado: teníamos tiempo de sobra para llegar a clase, ¡no era para tanto!

—Lo siento, me he puesto como una fiera antes, pero es solo que estoy muy nerviosa —me disculpé. Él no dijo nada y, aunque me molestó su mutismo, preferí no meter el dedo en la llaga. Bastante es que me llevaba.

Y entonces, al entrar en la autovía, ¡cogió la salida que no era!

—¡Jose, fíjate por donde vas, que estás yendo hacia Alicante! Joder, si el camino a Murcia lo sabes de sobra, ¿en qué estás pensando? —exclamé, asustada. Ahora sí que no llegaba. Y, para mi sorpresa, en lugar de disculparse Jose sólo me miró con hastío y siguió conduciendo.

—Ya daremos la vuelta.

Solo que no la dimos. Pasamos varias salidas, oportunidades perdidas de dar marcha atrás, y me sentía impotente atrapada en el coche con alguien que no se parecía en nada a la persona con la que yo compartía mi vida. Jose jamás me habría hecho algo así, y menos sabiendo lo importante que era aquel día para mi. No entendía qué estaba pasando. Por más que intenté hablar con él, convencerle de que diera la vuelta o implorarle para que me hablara, Jose siguió conduciendo en silencio, como si yo no existiera. Hasta que llegamos a Alicante ni siquiera cambió el gesto.

—Enseguida doy la —afirmó. Pero siguió recto, y se pasó la primera rotonda, y también la segunda. Yo ya no podía más: me daban igual las clases, me daba igual no llegar a mi primer día. Estaba asustada.

—¡Dejame bajar! —chillé. Podía coger un tren o un autobús y volver a casa. Si llegaba a casa todo volvería a la normalidad.

—Salta, si quieres —contestó él, indiferente. Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero me negué a dejarlas salir. No entendía qué le había pasado a Jose, mi Jose, pero sabía que no podía seguir en el coche con él, sentía que si no bajaba ya no saldría de ese coche en mi vida… y salté.

Rodé por el asfalto y, magullada, llegué al arcén. Los coches me pitaban. Jose había detenido el coche unos metros por delante de mi caída y le vi mirar hacia atrás, buscarme. Su expresión era de absoluto placer. Una sonrisa cruel adornaba sus facciones, antiguamente cálidas y tiernas. Me puse en pie como pude y eché a correr, intentando alejarme lo máximo posible; pero cojeaba, me había hecho daño al caer. No podía respirar, sentía que me ahogaba, y cada paso que daba parecía que iba a ser el último. Y entonces me di cuenta de que Jose había dado la vuelta y venía a por mi. Lo tenía pegado a mi espalda. Por más que corría no podía perderle, y se acercaba cada vez más, y más, y más…

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