Hoy os traigo el relato que presenté para la Antología de retellings Kaidanshu, mi primer intento en el género de terror. Aún podéis leer el cuento dentro de la antología, ¡pero quería subirlo al blog! Se trata de un relato basado en el cuento homónimo, La casa de las siete chimeneas. ¡Espero que lo disfrutéis!

La casa de las siete chimeneas

Estaba cansada de tanto andar. Se había alejado mucho del pueblo, y decidió sentarse a descansar. Aburrida, se dedicó a mirar a su alrededor cuando pegó un brinco. ¿Qué era eso que había visto a lo lejos?

—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. ¿Siete chimeneas?

Si la vista no la engañaba, a lo lejos despuntaban siete chimeneas de una misma casa. ¿Qué clase de persona tendría una casa con siete chimeneas? Demasiado curiosa como para dar la vuelta y volver a su pueblo sin investigar, Lena se dirigió a paso vivo hacia la extraña mansión haciendo caso omiso del bosque que se cerraba a su alrededor, cada vez más frondoso. Los sonidos del bosque se habían apagado hacía tiempo, y ya no se oía ni el piar de un pajarito. Era una quietud extraña, pero Lena continuó su camino hasta que la misteriosa mansión se presentó ante ella.

Se trataba de una hermosa vivienda de colores vivos, pintada como el arcoíris. La enorme puerta de madera que guardaba la entrada estaba entreabierta, y como no vio a nadie a su alrededor decidió entrar a curiosear un poco. El vestíbulo, amplio y luminoso, olía a lavanda y hierbabuena. Unas grandes escaleras se abrían ante ella, con hermosos pasamanos de madera que llevaban al piso superior. Estaba a punto de subir cuando vio una puerta entreabierta a su derecha, y una luz titilante que brillaba en su interior. Un delicioso olor a comida recién hecha salía de ella, y Lena de repente se encontró realmente hambrienta. Se apresuró hacia la puerta y la abrió con cuidado.

Ante ella apareció un enorme comedor, y al fondo de la misma se podían ver siete chimeneas, todas seguidas y con un brillante fuego refulgiendo en cada una. Afanado frente a ellas se encontraba un muchacho, de apenas siete años, que mantenía los fuegos vivos cargando pesados troncos y atizando los leños.

—Que no se apague nunca el fuego, que no se apague nunca el fuego, que no se apague nunca el fuego… —repetía como un mantra. Tenía los ojos desenfocados y no había notado la presencia de Lena, quien titubeó al dirigirse a él.

—Ho-hola… ¿qué estás haciendo? —preguntó. El niño dio un respingo y dejó caer el hierro con el que movía las brasas. La miró con horror antes de responder.

—Estoy preparando la comida para mis amos —murmuró.

—¿Son los dueños de esta casa?

El niño asintió, pálido como la tiza.

—¿Quiénes son?

—Los Siete Colores del Arcoíris —pronunció su nombre en un susurro apenas audible, como si temiera invocarlos. Lena rio. ¿Los colores del arcoíris?

—Te estás burlando de mí —Lena se cruzó de brazos y observó al niño ante ella. Parecía miserable: estaba desnutrido y sucio, y sus ojos vagaban sin cesar por toda la estancia, nunca fijos en ningún lugar.

—¡No! ¡Son ellos, de verdad! Pero no son como te imaginas, son… son… —empezó a tartamudear y Lena dio un paso atrás—. No puedo… Me tienen atrapado y si te encuentran a ti ya no podrás marchar —le avisó. De repente Lena sintió mucho miedo. ¿Dónde se había metido? Iba a abandonar corriendo la casa cuando el niño ahogó un chillido.

—¡Ya vienen! ¡Escóndete en el armario, aprisa! —a empujones, Lena llegó hasta un enorme armario al fondo del comedor y entró en él, cerrando la puerta justo cuando un sonido retumbó por la casa. Con el ojo pegado a la mirilla de la puerta observó cómo de la chimenea aparecían, uno a uno, los siete colores del arcoíris y frente a sus ojos tomaban forma. Cada uno era por completo de un color… y sus rostros no parecían en absoluto de este mundo: eran máscaras terroríficas, sádicas y sedientas de sangre. La sala pareció oscurecerse a su llegada, como si sus sombras fueran más poderosas que el fuego y hubieran tomado control de la estancia.

—Chico, ¿está la cena? —exigió uno de ellos, con una voz tan fría que el alma de Lena pareció congelarse.

—Sí, mi amo, cuando gustéis os sirvo.

—Ahora mismo —ordenó el Rojo, que era quien había hablado.

Se sentaron y pronto empezaron a comer. De pronto, Índigo miró al joven y con una sonrisa mezquina habló:

—No te hemos contado todavía nuestras aventuras, ¿verdad Daniel?

El joven Daniel negó con la cabeza, mientras servía más comida en los platos de sus amos.

—Era noche cerrada cuando llegué a la aldea —comenzó Cian, en un macabro susurro—. Todos dormían apaciblemente excepto una pareja: acababan de tener un bebé y no les dejaba dormir… así que les ayudé un poco.

Lena se llevó las manos a la boca, horrorizada, cuando vio que aquel ser ponía sobre la mesa un bulto congelado, como un muñeco sin color.

—Ya no volverá a molestarles más —finalizó con simpleza, como si les hubiera hecho un favor. Los ojos de Lena se anegaron de lágrimas: ¡se había metido en la mansión de unos monstruos! ¿Qué iba a ser de ella?

Uno a uno, los restantes colores del arcoíris continuaron contando sus macabras historias. Lena apenas podía contener los sollozos que el miedo le provocaba escucharles, mientras ellos se reían de la indefensión de sus víctimas: cómo algunos habían pedido clemencia, otros habían intentado luchar… pero todo había sido en vano. Sabía que, si la descubrían, jamás saldría de aquel armario con vida. Se acordó de su madre, que le había advertido que no se alejara nunca del pueblo cuando salía a pasear; de su padre, quien le había prometido que le enseñaría a montar en bici cuando volviera; y de sus amigos del colegio, a quienes nunca volvería a ver.

Por la mirilla, temblando, pudo ver como Daniel recogía la mesa y los siete monstruos se levantaban. ¡Quizás estaba salvada! Si conseguía resistir en silencio hasta que abandonaran la sala, podría salir y volver corriendo a casa. Con los ojos cerrados esperó hasta que se hizo de nuevo el silencio en la sala, y entonces los abrió. La puerta del armario se abrió de par en par y Lena chilló: frente a ella, las sonrisas demenciales de los Siete Colores del Arcoíris. Sintió sus garras en su cuerpo, arrastrándola fuera de su refugio. Un olor nauseabundo emanaba de sus cuerpos. Sus risas se oían por encima de los gritos de Lena, quien no pudo resistirlo más y perdió el conocimiento.

 

Se despertó de golpe, muerta de frío. Lo primero que vio Lena al abrir los ojos fue el cielo estrellado y los árboles que la rodeaban. Se levantó de un salto, temblando, y miró a su alrededor: estaba en el bosque por el que había salido a pasear aquella mañana. El frío se colaba entre su ropa. No entendía nada. ¿Dónde estaban los colores del arcoíris? ¿Por qué estaba en el bosque? A lo lejos veía las luces de su pueblo, y busco en la dirección contraria la casa de las siete chimeneas, pero no vio nada. De repente lo comprendió todo: ¡había sido un sueño! O, más bien, una auténtica pesadilla.

Amparada en la quietud del bosque se apresuró a su casa. Allí la esperaba su madre, lista para echarle la bronca de su vida. Lena no fue capaz de contarle nada acerca de la casa, y cuando se acostó en su cama, arropada por las mantas y el calor de las estufas se reafirmó en que todo aquello no había sido más que un mal sueño.

 

La noche envolvía la ciudad y por la ventana abierta de la habitación corría una ligera brisa que movía las cortinas. El resplandor del despertador llenaba la estancia de una tenue luz verdosa e iluminaba los muebles. La ropa del día anterior descansaba en una silla, mal colocada; se veía un libro en el suelo, abierto en una página al azar; sobre la cama descansaba Lena, hecha un lío entre las sábanas. Y, recortada contra el techo, una sombra la observaba dormir.

—… hoy las temperaturas subirán y…

Con un manotazo Lena apagó el despertador y abrió los ojos. Miró de reojo el reloj: las 8 de la mañana. Con un gruñido perezoso se levantó y arrastró los pies hasta la puerta… donde tropezó con el libro que, la noche anterior, había dejado al lado de la cama. El libro estaba destrozado, como si alguien lo hubiera acuchillado, dejando un rastro de tinta azul sobre él. El corazón de Lena se disparó y soltó el libro. ¿Qué demonios le había pasado? Justo en ese momento sonó el teléfono y Lena fue corriendo a la sala, dejando el libro de cualquier manera sobre el sofá. La llamada urgente, de su trabajo, pronto la hizo olvidar lo que acababa de ver, y salió de casa después de vestirse sin dedicarle una nueva mirada.

La casa quedó vacía. El reloj de la cocina marcaba el paso del tiempo, lento y pesado. La luz bañaba todos los rincones y encima de la chimenea se proyectaban, ahora, dos claras sombras.

Cuando Lena volvió a casa era de noche otra vez. Tras una jornada de trabajo interminable, había accedido a salir con sus compañeros a cenar y, tras la cena, llegaron las copas. Hizo el camino hasta su habitación a trompicones, soltando el bolso en la entrada y quitándose los zapatos en el pasillo, sin siquiera encender una luz; por lo que no vio las tres sombras que se recortaban contra la pared de su cuarto, ni tampoco reparó en extrañas marcas rojas que recorrían las paredes de su casa, como heridas abiertas, ni los desgarrones anaranjados de la moqueta.

La semana continuó sin contratiempos para Lena que, atareada en su día a día, no reparó en que cada día algo cambiaba en su hogar. La cuarta noche, cuatro sombras se movían por su casa sin reparo, destrozando el mobiliario y dejando desgarrones de rojo, azul, naranja y amarillo a su paso. Una quinta sombra se unió a ellos la noche siguiente. A su paso, los objetos perdían su color y palidecían, tornándose de un pálido azul mortal: las flores, los libros, el hámster de Lena. El sábado por la noche, la sexta sombra hizo su aparición y llenó de un pestilente púrpura los rincones.

Las seis sombras vigilaban a Lena, quien agobiada por el trabajo llegaba a su casa a la hora de dormir y se marchaba cada vez más temprano, sin tiempo para observar lo que sucedía a su alrededor. La séptima noche trajo consigo una séptima sombra.

El silencio se hizo en la casa. Las siete sombras acechaban sobre la cama de Lena, que se revolvió en sueños. De repente, unas garras verdosas y purulentas comenzaron a trepar desde los pies de la cama, arañando las sábanas a su paso. Cuando una de ellas agarró el pie de Lena esta abrió los ojos, pero era demasiado tarde: la tenían rodeada. El grito de terror quedó congelado en su garganta y Lena observó los siete rostros que la miraban con una alegría demencial, los siete rostros que habían poblado sus pesadillas desde que era una niña. Siete monstruos, de siete colores, sonreían ante ella.

—¿Creías que había sido todo un sueño? —se burló el Verde, que la tenía atrapada.

—¿Creías que no volveríamos a por ti? —preguntó el Rojo, a su derecha.

—¿Creías que vivirías feliz para siempre? —remató el Azul.

Todos los demás rieron a coro. Lena chilló y pataleó en vano mientras la arrastraban. Los siete colores la tenían atrapada, y chimenea arriba desaparecieron con ella.

¡Espero que os haya gustado! Me encantaría leer vuestras opiniones en los comentarios

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