Dedicado a Doña Sierpe, quien me dio inspiración con una sencilla frase: “Eres mi héroe”.

Héroe en tus ojos

Tam se levantó de la cama, renqueando. La artritis ya no perdonaba, pero él la ignoraba como podía. La persiana agujereada dejaba pasar pozos de luz, que se vertían en el interior de la habitación. Mera todavía dormía. Se la veía tan apacible en la cama que Tam no tuvo corazón para despertarla: últimamente siempre dormía mal, así que esta vez la dejaría descansar. Se acercó al armario con pasos lentos, intentando que las tablas de madera no crujieran bajo su peso. La pierna izquierda volvía a darle problemas y se pasó la mano por la arrugada cicatriz que la recorría, recordando el día que una cimitarra casi acabó con su vida. Maldita guerra.

Sacó ropa limpia del armario. Pantalones marrones y una camisa que había sido blanca en su día. Las manos le temblaban al atarse los botones; normalmente Mera le ayudaba a vestirse, porque si no llegaba tarde a trabajar. Pero ese día era domingo, así que no pasaba nada si tardaba diez minutos en abrochar cada botón. En silencio salió de la habitación y tanteó la pared del pasillo para apoyarse en ella. El resto de la casa, un sencillo salón con un fuego para cocinar, estaba frío. Cojeó hacia la chimenea y encendió varios troncos. El calor lamió su rostro apergaminado y se dispuso a preparar el desayuno.

Hacía tiempo que no cocinaba, pero cuando era joven no se le daba nada mal. Preparó el plato favorito de Mera: huevos de lagarto con especias. Si hubieran tenido algo más de dinero habría salido a comprar también carne de krestal para acompañar, pero la paga de jubilación de un soldado no era mucha. Normalmente, ninguno llegaba vivo a la edad de Tam. Mera ganaba un pequeño extra trabajando en la herrería familiar, que ahora llevaban sus sobrinas. Antaño había sido Mera quien proveía al ejército de armaduras y armas, pero ahora estaba demasiado mayor y había tenido que pasar el testigo. Él preparaba arreglos florales para la florista: tardaba horas en hacer cada uno, pero eran los que mejor se vendían de todo el reino.

Con el desayuno servido en cuencos de madera, lo puso todo en una bandeja y cogió una margarita de las que crecían en el alféizar de la ventana del salón. Colocó la flor junto al desayuno y volvió al cuarto. Mera se revolvió en la cama y pareció despertar cuando el aroma a especias inundó la estancia. Abrió los ojos claros y las arrugas de sus labios se acentuaron cuando le sonrió.

—Te he preparado el desayuno —susurró, dejando la bandeja sobre la cama. Se sentó a su lado y Mera se incorporó, abrazándole por detrás.

Su imagen se reflejaba en el espejo que se apoyaba sobre la pared frente a ellos, y Tam observó sus figuras envejecidas. Mera seguía siendo hermosa, con el pelo gris y la piel estropeada. Miraba adormilada desde el cristal, pegada a su espalda, y sus manos jugueteaban con los botones de la camisa que tanto le había costado abrocharse.

—Hoy no te has puesto las vendas —murmuró Mera al ver su abultado pecho.

—Me cuesta mucho ponérmelas yo solo, y no quería despertarte —contestó Tam con una pequeña sonrisa. Su figura en el espejo revelaba la forma de su cuerpo, voluptuosa a pesar de los años—. No pasa nada, hoy no tengo que salir a la calle.

—Eres mi héroe. —Mera le besó la espalda y le miró a los ojos a través del espejo.

Tam había hecho muchas cosas que podían considerarse heroicas, pero sabía que a Mera eso le daba igual. Ella le veía como era de verdad.

Tam era un hombre, a pesar de que al nacer le habían dicho lo contrario.

Tam había sido un héroe de guerra, aunque nunca nadie creyó que pudiera.

Tam era el héroe de Mera porque no se había rendido nunca, y mientras le quedara aire en los pulmones nunca lo haría.

Fin

Notas: Gracias a mi Sensitivity Reader, Yun.
Nota 2: Todos los relatos escritos gracias a propuestas en Twitter los recopilaré bajo el HT #microlaura.

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