Dedicado a Enerio Dima, que me dio la frase “tiramos el carro por el pedregal“. También me he inspirado en la portada de The Guardian que eliminaba a Murcia de Europa y que os dejo al final del relato.

Resistencia Murciana

—De verdad, Paco, que por ahí no es.

—Acho, Segun, déjame ya en paz. ¿No ves que estoy conduciendo?

—¿Qué conduciendo ni qué niño muerto? ¡A esto no se le puede llamar conducir!

—¿Es qué crees que tú lo haces mejor?

—¡Por supuesto! ¡Dame las riendas, acho pijo ya!

De un tirón, Segun le arrancó las riendas de las manos y el carro, guiado por pegasos, viró bruscamente en el aire. Paco se aferró al asiento para no salir despedido: el miedo a caer sobre un huerto de limoneros no se le quitaba, a pesar de que su carro era de los más seguros del mercado, con cúpula protectora y cinturones de seguridad dobles. Era una de las cosas en las que no había querido reparar en gastos cuando se compró el carromato nuevo. Lo que no quiso instalar fue el piloto automático, y ahora se arrepentía: cada vez que salían a patrullar, Segun y él discutían por la conducción.

Siempre terminaban igual: enfadados y con uno de los dos arrebatándole las riendas al otro. No sabía cómo los pegasos, a quienes no les gustaban los ruidos fuertes, no se habían rebelado ya contra ellos por tanta discusión.

«En fin, da igual. Lo importante ahora es patrullar» pensó Paco. Sacó los prismétricos de la resistencia murciana, y oteó el horizonte. Los prismétricos no se diferenciaban mucho de los prismáticos normales, excepto que llevaban la palabra “métrico” en el nombre y eso molestaba mucho a los invasores ingleses. Se habían vuelto expertos en molestar a los ingleses con pequeñas cosas, desde que obligaron a Murcia a escindirse de España.

Todo lo que querían los malditos ingleses era su sol, y con magia negra habían separado Murcia de España y la habían colonizado. También habían abierto un portal dimensional, y de repente las huertas murcianas se vieron inundadas de criaturas mágicas. Al principio fue el caos, pero habían pasado ya tantos años que se habían adaptado: usaban pegasos como medio de transporte, los trirrinos eran muy útiles en la labranza y los desfiles del Bando de la Huerta eran mucho más espectaculares desde que se veían unicornios, leprechauns y hadas de verdad entre los huertanos.

«No todo ha sido malo» pensó Paco, escaneando el área. Él se había casado con una mujer-lobo, de hecho; y el novio de Segun era un elfo que se dedicaba al esparto. La comunidad mágica y la murciana eran una, pero los malditos ingleses lo estropeaban todo: a esos sí que no los aceptarían. Así nació la resistencia murciana, que luchaba por erradicar la presencia anglosajona de sus tierras.

—¿Ves algo? —La pregunta de Segun lo sacó de sus cavilaciones.

—Si solo sobrevuelas arbolada, ¿qué pijo quieres que vea? Tira para el pedregal, anda, que hace tiempo que no escaneamos esa zona.

—Acho Paco, que allí viven los trolls y sabes que les encanta tirarnos piedras.

—¿Para qué pijo crees que instalé el escudo? ¡Ya tuve suficientes pedradas la última vez!

Segun refunfuñó, pero dirigió el carro a la zona del pedregal: lo que antes había sido el cauce del Segura. Al convertirse en isla ganaron mar por los cuatro costados, pero habían perdido su río; aunque nadie lo echaba de menos. Toda aquella zona era ahora un pedregal habitado por trolls que, en cuanto les avistaron, comenzaron su lanzamiento de rocas habitual.

El escudo resistió sin problemas, pero Paco no había tenido en cuenta a los pegasos. Asustados por el ruido que hacían las piedras al rebotar con el escudo se encabritaron, y descendieron bruscamente hacia el pedregal.

Ambos hombres gritaron y se abrazaron entre ellos, convencidos de que iban a morir.

El carro se acercaba cada vez más y más al pedregal. El escudo absorbió el impacto y se hizo añicos, y Paco y Segun rodaron por el pedregal, magullados. Al ver a su presa caída los trolls volvieron a dormir: se divertían lanzando cosas, pero luego dejaban tranquilos a sus víctimas. Se levantaron doloridos y recuperaron los pegasos, que bufaban inquietos unos metros más allá. El carro estaba hecho trizas.

—¿Y ahora qué le digo a mi mujer? —gimió Paco, desesperado. Habían gastado mucho en ese carro; esperaba que el seguro de la resistencia cubriera al menos parte de los gastos.

—Que tiramos el carro por el pedregal, ¡jajajajaja! —Rio Segun. Paco supo que, de no ser su mejor amigo, lo habría matado ya.

—No te vuelvo a dejar conducir jamás.

Fin

¡Epílogo ya disponible!

Espero no haber ofendido a ningún murciano con este relato, ¡que yo quiero mucho a los murcianicos! ♥ La imagen que da pie a este relato es la siguiente:

Guardian Murcia

¿Qué han hecho los ingleses con Murcia? Espero que os haya gustado el relato, ¡o que al menos os haya sacado una sonrisa! Recordad que acepto cafecitos para poder seguir escribiendo ♥ Pero, sobre todo, ¡lo que quiero es que sigáis leyéndome y me deis vuestra opinión!

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Nota: Todos los relatos escritos gracias a propuestas en Twitter los recopilaré bajo el HT #microlaura.

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