Dedicado a Andrea, que me dio la siguiente idea:

Está ambientado en la misma Murcia de fantasía que Resistencia Murciana, ¡por si no lo habéis leído todavía!

Risotto con setas

—Un risotto de arroz con setas, pero solo colmenilla; y no le pongas ajo. Ah, y cambia el arroz redondo por basmati.

—¡Marchando!

Aura resopló entre dientes. Odiaba esa clase de clientas, que cogían un plato de la carta y lo cambiaban hasta convertirlo en otro distinto. Si no te gusta el risotto de setas, ¡no lo pidas! Si el local fuera suyo le habría dicho que se fuera a comer a otro lado, pero claro, ella no era la jefa; y para una clienta que tenían aquel día, tampoco era plan de echarla. Maldita huelga de tractores: tantos duendes agricultores colapsando el centro de la ciudad era malo para el negocio.

Se metió tras la barra a recoger un poco mientras observaba de reojo a la clienta: una joven alta y esbelta, de caderas anchas y largo pelo azul. Dios, apestaba a sirena desde allí. Aura arrugó el morro. Nunca le había gustado el olor a mar, por eso vivía en el interior de Murcia y no en Cartagena. Al menos no se la había encontrado cuando paseaba como loba, o el olor a pescado la habría mareado seguro.

Observó a la sirena, que daba vueltas a su bebida distraída mientras leía el periódico. Le había pedido Coca-Cola Light mezclada con Sprite, ¿se podía ser más especial? La sirena miró hacia arriba y, al notar que la observaba, sonrió ampliamente antes de volver la vista a su periódico. A Aura se le cayó el vaso al suelo del susto, haciéndose añicos. Se agachó a recoger los pedazos rotos, mascullando entre dientes.

—¿Necesitas ayuda? –preguntó la sirena con voz suave. A Aura le dio un pequeño vuelco el corazón cuando alzó la cabeza y la vio a su lado.

«Por dios, es altísima» pensó. Le sacaba por lo menos dos cabezas; aunque ella sabía que era bajita para ser una cambiaformas, aquella chica era alta para ser una sirena. «Vaya pareja más dispar seríamos».

El trozo de cristal que llevaba en la mano se volvió a resbalar entre sus dedos al darse cuenta de lo que estaba pensando, y la sirena se apresuró a ayudarla.

—T-Tranquila, puedo sola… —murmuró entre dientes.

—No pasa nada, no tengo nada mejor que hacer mientras espero.

Ahí estaba otra vez esa sonrisa radiante, y el corazón de Aura se aceleró más que cuando corría por Alfonso X convertida en loba.

La campanilla de la cocina sonó y Aura se puso en pie de un salto, dejando los cristales atrás.

—Tú comida ya está, esto…

—Claudia.

—Encantada, yo soy Aura.

Y, con otra sonrisa más radiante que la anterior, Claudia volvió a su mesa. Aura recogió el pedido y se despidió del cocinero, que terminaba la jornada. Solo quedaban ellas en el local cuando le sirvió la comida. Dejó el plato en la mesa y sus manos se rozaron, lanzando un chispazo que reventó una de las bombillas del local.

—¡¿Pero qué…!?

Aura retiró la mano asombrada y vio que Claudia se ponía roja de golpe.

—Perdona. Ha sido culpa mía. Las sirenas, ya sabes…

Sí, claro que lo sabía, lo había estudiado en clase. Cuando el pulso de las sirenas se aceleraba enviaban ondas en el agua, y si estaban en tierra firme estas ondas afectaban a la electricidad. Las implicaciones de aquel hecho hicieron que la cara de Aura se prendiera también como un farolillo del bando.

—No te preocupes, la cambio sin problema. Que aproveche.

Aura recogió los escombros con la escoba y trajo una bombilla nueva del almacén. Buscó la escalera por todo el local, pero no la encontró y resignada se encaramó a la mesa, esperando que fuera suficiente. No lo era.

—¡Maldita sea! —farfulló, intentando llegar por todos los medios. De repente, la mano de Claudia rodeó la suya y le quitó la bombilla de las manos. Sin necesidad de subirse a ningún sitio, cambió la bombilla y le sonrió con vergüenza.

Aura no pudo devolverle la sonrisa al notar que el olor que emanaba ahora evocaba en ella sensaciones completamente distintas. Una nueva bombilla reventó en la distancia, y ambas rieron.

Durante las próximas semanas, se rompieron muchas bombillas en el local, y Aura nunca volvió a quejarse de los pedidos extraños que pudieran hacerle.

Fin

Esta historia ha nacido también gracias al directo con Blas Cabanilles y Michel que grabamos el otro día, en el que jugando con los Story Cubes tuve que esbozar una historia. ¡Y gracias a Claudia Fonteya, que me ayudó a rematarla!

¿Qué os ha parecido? Si os gusta lo que hago, ¡no dudéis en dejarme un comentario (o un cafecillo)!

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