¡Llega un nuevo #microlaura! En este caso, está inspirado por una canción y un verso, cortesía de Raquel Laforet.

Al final de la entrada os adjunto la canción. Si podéis, ¡escuchadla, porque es maravillosa!

La danza de la naturaleza

Desde el día de su nacimiento, él nunca había visto el mundo como lo veían los demás. Mientras el resto de niños de la villa jugaba, corría y aprendía, Ngozi se quedaba en casa. Le habían dicho que estaba ciego, que no podía ver, y nadie entendía que él veía, pero de otra manera. No veía las formas o los colores, no veía a sus padres, pero veía. Veía sombras que no existían; no veía el sol pero lo sentía en su piel oscura y podía darle forma; no veía el agua pero la escuchaba correr y sabía qué era. Ante sus ojos blancos danzaban figuras extrañas que se movían a su alrededor.

Con seis años aprendió a comunicarse con las sombras que poblaban su mundo, a dominarlas a placer, obligarlas a hacer su voluntad; y lo que cambiaba en su interior se tornaba realidad fuera. Podía darle forma al mundo que le rodeaba, aunque no pudiera verlo. Le habían dicho que estaba bendecido, aunque a él le parecía una maldición.

Le erigieron Eze, le rodearon de consejeros, le enseñaron a utilizar su don.

Pero solo ahora lo comprendía de verdad.

Ríos de sangre manchaban su tierra. No necesitaba verlos para oler la sangre, sentir su calor en sus manos. Le rodeaba la muerte. Las sombras en sus ojos eran rojas como el fuego. Sus súbditos clamaban tras de sí por la muerte de los impíos.

—¡Igwekala! ¡Igwekala! ¡Igwekala! ¡Igwekala!

Aquel que sirve al pueblo. Y el pueblo pedía la muerte de sus enemigos. Pedía su sacrificio con ellos.

Ngozi cerró los ojos vacíos y dejó que los sonidos de la naturaleza lo envolvieran una vez más. Acalló los gritos y se centró en el sonido del agua, en las aves que sobrevolaban el bosque tropical, en el eco de la tierra. Dejó que la danza de la naturaleza le envolviera en su abrazo. De repente las sombras ante sí desaparecieron; por primera y última vez estaba solo en el mundo, en paz. Ngozi sonrió. Ojalá hubiera podido ver como veían los demás. Ojalá hubiera podido ser como cualquier otro hombre. Pero ahora estaba preparado para cumplir su destino.

Inspiró.

Espiró.

Muerte.

Nada.

Fin.

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Os dejo con la canción que ha inspirado el relato: Nature’s dance, de Ayreon.