¡Buenas, y feliz 2018! Os traigo el primer relato del año: Aquelarre de Hermanas. Se trata de dos relatos cortos enlazados entre ellos, y que forman parte del OrigiReto 2018 de enero. Para quienes no conozcáis qué es el OrigiReto, es un reto de escritura propuesto por Stiby y Kattydos escritoras blogueras que han querido despertar nuestra originalidad con 24 ideas para relatos. ¡Ellas lo explican mejor en esta entrada! En líneas generales, el reto consiste en escribir uno o dos relatos al mes, de máximo 1000 palabras, con las ideas que nos dan. ¡Y vas sumando puntos! Yo he ido a por todas y he querido sumar todos los puntos de la ficha, como veis a continuación.

origireto enero

Para cumplir con el reto os traigo Aquelarre de Hermanas, una historia en dos partes: Trabajos de historia El último recurso de las brujas. ¡Espero que os gusten!

Trabajos de historia

Natalia abrió los ojos y bostezó, desperezándose en el sofá. Se incorporó y miró el reloj de arena que flotaba sobre la tele: las cinco de la tarde.

—Qué pereza me da ponerme ahora con el trabajo —murmuró, más para sí que para su compañera. Alicia estaba sentada en el sillón, enfrascada en un libro de aspecto antiguo que crujía al pasar las páginas.

—Venga, que ya solo te queda una semana para entregarlo. Y sabes que el Aquelarre de Hermanas se dará cuenta si utilizas de nuevo un hechizo para parar el tiempo.

Natalia refunfuñó, pero hizo un movimiento y atrajo la Tablet que descansaba sobre la mesa, abriendo la Magipedia. Tenía que entregar una redacción sobre el gobierno anterior al Aquelarre de Hermanas, una época oscura para las brujas y las mujeres.

—Tía, ¿sabías que antes la gente simplemente se moría a los treinta años? —comentó, leyendo por encima el artículo de la Magipedia. Los párrafos más interesantes los copiaba en el aire, a sabiendas de que su S-Pluma estaría copiándolo todo en el pergamino de su habitación.

—No se morían sin más, morían de enfermedades por falta de recursos. La ciencia en la Edad Media era muy poco avanzada —refutó Alicia, sin levantar la mirada del libro. Alicia iba un año por encima de ella en la carrera de Historia de la Magia, que ambas cursaban en el Círculo Cientificomágico de su ciudad.

—Y aun así se dedicaban a matar brujas, las únicas que hacían algo para ayudar —musitó incrédula la más joven.

—No te olvides de los alquimistas.

—¡Bah! Charlatanes de segunda. Todavía no han conseguido probar que la Piedra Filosofal exista —farfulló. El odio a los alquimistas era algo extendido entre las familias de brujas. Natalia provenía de una de las más antiguas, y la magia fluía en ella con facilidad; mientras que Alicia, por otra parte, no tenía ni una gota de sangre mágica en sus venas.

Eso no le impedía ser la mejor de su clase, claro. No hacía falta ser bruja para estudiar a las brujas.

—Y poner no solo tu fe, sino tu gobierno, en manos de una institución que cree en un enorme amigo invisible… En serio, ¿cómo es posible que gobernaran el mundo así durante tanto tiempo?

—La iglesia tenía mucho poder porque dominaba al pueblo con el miedo —indicó Alicia.

—¿El miedo a qué?

—A la muerte. A lo desconocido. A las brujas, de hecho.

—¡Bobadas! ¿Cómo era posible que la gente creyera ciegamente en lo que decían clérigos sin poder en lugar de creer a sus propias mujeres, quienes les ayudaban día a día?

Natalia dejó caer la Tablet, bufando. Estaba hecha una furia. El tema de la Edad Antigua siempre conseguía encenderla; de hecho, tuvo que darse unas palmadas en la cabeza para apagar el humo que comenzaba a salir de su pelo. Las cazas de brujas, las masacres hacia las mujeres… menos mal que el Aquelarre de Hermanas puso remedio a toda esa locura haciéndose con el poder, en la conocida Noche de la Desesperación.

—Fueron tiempos tumultuosos y oscuros, pero al final todo salió bien —sonrió Alicia. Cerró el pesado libro y miró a su amiga—. Venga, si terminas pronto podemos ir al cine, que me apetece volver a ver Estrellas y Guerras.

—¿De nuevo? ¡Pero si la has visto cuatro veces al menos!

Alicia se encogió de hombros y cogió el mando de la consola.

—¿Te importa que juegue?

—Nah, me voy a mi cuarto. Así acabaré antes.

Natalia se arrastró hacia su habitación, sus pies apenas tocando el suelo, y de fondo escuchó cómo sonaba la melodía de La edad del dragón, uno de los videojuegos favoritos de su amiga. Ella no entendía qué gracia tenían las videoconsolas, si no podías usar la magia con ellas. Prefería volver a ver Estrellas y Guerras, aunque fingiera que no.

«¡Gente haciendo magia en el espacio! ¿Cuánto tardaremos nosotros en llegar a una galaxia muy lejana?» se preguntó. «Bueno, mejor dejo de soñar despierta y me centro, que si no esto no se acaba».

Se fijó en el pergamino que había rellenado con notas: tenía suficiente como para comenzar a redactar. Cogió un pergamino nuevo y configuró su S-Pluma para introducir dictado de voz. Se aclaró la garganta y comenzó.

—En la Edad Media…

La S-Pluma rasgó el pergamino y se detuvo cuando ella lo hizo, dudosa de como proseguir. Se aclaró la garganta y comenzó de nuevo.

—Nos trasladamos a la Edad Media, una época oscura para las brujas. El gobierno feudalista basa su poder en el miedo, y la Iglesia toma el control de las grandes zonas de Europa. Lo desconocido está fuera de lugar: solo la Iglesia tiene potestad para decidir qué es un milagro, qué es magia y qué es ciencia, las argucias del demonio. Es por eso que, en esta época, se dan las mayores persecuciones a las brujas de la historia.

»Pero también es el momento de la historia en el que todo cambia para la humanidad, durante la llamada Noche de la Desesperación. Las brujas deciden utilizar el único recurso que les queda para sobrevivir, y cambiar la historia para siempre…

Natalia se detuvo y la S-Pluma se quedó congelada en el aire. Echó una mirada distraída por la ventana, por donde pudo ver el tráfico habitual entre las nubes: los coches iban y venían por sus carriles invisibles, delimitados por magia. Las brujas les adelantaban a toda velocidad, montadas en sus escobas, aprovechando su escaso tamaño.

«Qué ganas tengo de comprar una buena escoba» pensó. Volvió la vista con pereza al trabajo y bufó.

—Los profesores tienen que estar hasta las narices de estos trabajos, es siempre lo mismo —masculló. La S-Pluma se puso en marcha y puso por escrito todas sus palabras—. ¡Mierda! —exclamó al darse cuenta.

«¡ARG!»

Conteniendo una nueva maldición, introdujo el comando de borrado y deshizo el entuerto. Gruñó entre dientes y suspiró, cansada.

«A la mierda. Voy a entregar algo original, que al menos no me quede dormida escribiéndolo».

La profesora no había dicho que no pudiera entregar una reconstrucción de los hechos.

 

El último recurso de las brujas

Sombras encapuchadas salen a hurtadillas de sus casas, amparadas por la oscuridad. Se mueven como espíritus, en el límite entre lo vivo y lo muerto. No hay nadie en las calles empedradas para verlas, pero si alguien hubiera dejado un candil encendido en una de las ventanas abiertas, por las que se colaba la brisa de verano, tampoco habría sabido qué sucedía.

«Brujas» habrían murmurado, al sentir cómo se les erizaba la piel. Y habrían tenido razón.

Cientos de brujas abandonan sus hogares, con las cestas llenas de ingredientes secretos y pergaminos escritos en tinta roja. Todas habían recibido la circular, al igual que ella, y desde distintas partes del país, en todos los países del mundo, se dirigían al punto más alto de su zona a formar parte de un aquelarre único. Un aquelarre que lo cambiará todo.

En uno de los puntos mágicos señalados por la congregación comienzan a aparecer mujeres de todas las ciudades: mujeres jóvenes, mujeres viejas, mujeres con largas barbas grises y mujeres con hermosas melenas que ensombrecen unos ojos verdes de ensueño. Yo me uno a mis hermanas, en silencio. Nadie ha visto nunca una reunión de brujas semejante: todas estamos aquí, las aprendices y las maestras, las brujas retiradas y aquellas que solo practican la magia como pasatiempo. La líder de nuestra zona, cubierta con una capa blanca, da un paso al centro del círculo improvisado y con un chasquido de sus dedos enciende una hoguera que nos ilumina por completo, la única luz en una noche sin luna.

—Queridas hermanas, todas sabéis por qué estamos hoy reunidas.

Todas asentimos entre murmullos.

—Estamos reunidas porque estamos hartas, hartas de que se nos persiga por nuestros dones. Hartas de que un día acudan a nosotras, necesitados de un remedio para la tos, y al día siguiente nos entreguen a la iglesia y nos arrojen al fuego. ¿Cuántas de nosotras han tenido que morir solo por ser diferentes? ¿Cuántas seguirán muriendo?

El murmullo se convierte en una marea de improperios indignados, de llantos de quienes habían perdido un ser querido, de puños alzados al cielo clamando justicia. Yo callo.

—¡Esta noche decimos basta! ¡Esta noche, nosotras tomaremos las riendas de nuestras vidas, las riendas del futuro! ¡Hoy se acaban las cazas de brujas!

El grito de mis hermanas ensordece la montaña y baja por la ladera. Lo sentimos entrar como un rugido por las calles dormidas, despertando a los aldeanos, que se quedan aterrados en sus camas. Las brujas han salido de su escondite y planean su muerte. ¿Pero qué podían hacer ellos ante el grito del infierno?

—¡Nunca más volverán a utilizarnos! ¡Nunca más volverán a arrastrar a mujeres inocentes de sus hogares, quemarlas en las hogueras, arrojarlas al mar esperando a que se ahoguen! ¡Nunca más culparán de brujería a una mujer, solo por el hecho de ser mujer! ¡Ni culparán a una bruja por el hecho de ser bruja! —La voz de la bruja se eleva a las nubes y alza los brazos al cielo, oyendo nuestros clamores—. ¡Que comience el ritual!

Se hace a un lado y dejó paso a las demás. Una a una, cada bruja se acerca a la hoguera y recita un cántico demasiado poderoso para los oídos de un humano cualquiera, demasiado antiguo y demasiado extremo. Me estremezco cuando llega mi turno y las palabras prohibidas abandonan mis labios. No nos ha quedado más remedio: ellos no nos han dejado otra opción.

Era el ritual de la desesperación, el ritual de la salvación. El último recurso de las brujas. En aquellos instantes, fuera de día o de noche, en cada punto de la Tierra cientos de miles de brujas realizaban el mismo ritual, sabiendo que no tenían más remedio.

Comenzaron las más mayores y terminaron las más jóvenes. La bruja blanca observa a una niña, que no tendría más de diez años, recitar las palabras prohibidas y echar los ingredientes al fuego y siento pena.

«Ojalá no hubiéramos tenido que recurrir a esto. Ojalá hubieran aprendido a convivir con nosotras» pienso con tristeza. Pero tenemos que proteger a nuestras hermanas, a nuestras hijas, y a todas las mujeres que sufren solo porque se parecen a ellas.

Cuando la última bruja termina el cántico, alza la voz y recita las últimas palabras, las que sellarán el destino de todos. Siento la magia en el viento, trayéndome noticias de los otros puntos del mundo. Algunas han terminado ya, ellas estaban a punto de hacerlo. Con un chillido que espantó a los pájaros que aún dormían, el fuego se apaga. Las estrellas titilan. El silencio se hace entre las brujas.

Y, en sus camas, todos los miembros de las distintas iglesias que habían participado en las distintas cazas de brujas mueren en sus sueños. Los gobernantes que basaban su poder en el miedo se retuercen entre estertores a fallecer. Cualquier hombre, sin importar su estrato social, que alguna vez ha abusado de su poder frente a una mujer perece.

Descendemos de la montaña dejando atrás nuestra capa de sombras, envueltas en luz. Ahora nos verán todos. Ocuparemos el gobierno que ha quedado vacío y dictaremos las normas. Esa noche y para siempre, seremos nosotras las que manden. El Aquelarre de Hermanas dará cobijo a todas las mujeres y niñas, nacidas en todos los lugares del mundo, tengan sangre mágica o no. La magia y la ciencia se estudiarán a la par en los colegios. Saldremos de la época de las tinieblas con el conocimiento de nuestro lado, sin tenerle miedo a nada: se acabó temer las diferencias.

Comienza una nueva era, ¿y quién sabe lo que nos deparará el futuro? Yo solo sé que haremos lo que sea para que nadie vuelva a ser perseguido como lo hemos sido nosotras. Que haremos lo que haga falta para que las matanzas no se vuelvan a repetir.

Bajo la vista a mis manos y sé que están manchadas de sangre, algo que me repugna. Pero lo volvería a hacer.

Fin

¿Qué os han parecido? ¿Os ha gustado cómo he enlazado las dos historias? No suelo escribir en primera persona, y menos en presente, y quería intentarlo. Si os ha gustado el relato, no dudéis en dejar un comentario (y si no, también), ¡que quiero ir mejorando! Y si os ha gustado mucho mucho mucho, también podéis donarme un cafecillo para que pueda dedicar más tiempo a escribir y menos tiempo a cosas tan mundanas como trabajar para pagar el alquiler. ¡Todo será de agradecer!

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