¡Feliz Halloween a todos! Lo prometido es deuda y este 31 de octubre os dejo con un relato nuevo, un relato murcianico lleno de brujas y música de los ochenta y los noventa. Mala fortuna ha sido mi aportación al segundo volumen de Urge Fanzine y he querido compartirlo en abierto para que disfrutéis de él. Sin más preámbulos, ¡el relato!

Mala fortuna

Lo tenía todo preparado. Sus padres le habían dado permiso para usar su casa de campo de Fortuna para una fiesta de Halloween, siempre que prometiera no destrozar nada. Por supuesto, Victoria había prometido eso y más, aunque no estaba segura de poder cumplir su palabra. Pero le daba igual, porque aquella iba a ser una fiesta memorable. La casa estaba decorada por completo: telarañas falsas cubrían el techo de las dos plantas, había marcas de sangre falsa en las paredes, velas iluminando todos los rincones y cientos de telas negras cubriendo muebles y paredes, dándole un aire tétrico y lúgubre. Era el escenario ideal para la perfecta fiesta de Halloween.

También había preparado la comida: boles llenos de patatas y fritos de todas las clases, cubiertos de gusanos de gominola; dedos de salchicha bañados en kétchup; ojos de gelatina; cupcakes en forma de cerebros; hamburguesas de colores; batidos de sangre, y mucho más. Se había pasado un mes planeando la mejor fiesta del año, que pasaría los anales de la Memoria Histórica. Y había invitado a todo el mundo: amigos, amigos de sus amigos, conocidos, compañeros de clase e incluso gente de otros cursos con la que nunca había hablado.

Todos habían aceptado ir, tal y como ella esperaba. Y no podía estar más contenta. Sabía que poca gente podría resistirse a una fiesta de semejantes características después de los últimos años. Casi todos eran demasiado jóvenes como para recordar la invasión de la Huerta en 2018, pero por culpa de la diosa de la Tierra su vida había sido una miseria tras otra: hambruna, escaramuzas y una vuelta a un pasado que nadie deseaba. Y, para colmo, las inundaciones de 2028 habían vuelto a poner su mundo patas arriba, y todavía intentaban recuperarse de ellas. La gente quería celebrar, desfogarse, dejarse llevar por una noche y Victoria había preparado la fiesta perfecta para ello.

Y también era el momento propicio para ejecutar su plan.

Porque Victoria tenía un plan, un plan infalible para que los próximos diez años fueran como la seda. Parecía ser la única que se había dado cuenta de que todos los problemas que habían sufrido eran culpa de los humanos. Los humanos lo estaban invadiendo todo como una plaga, acabando con la huerta, con los bosques, con el agua y hasta con la capa de ozono. ¿Cómo no iba la naturaleza a quejarse y contraatacar si ellos seguían maltratándola y superpoblándola? Así que había decidido hacer lo correcto y hacerle un favor al mundo acabando de un plumazo con un buen puñado de gente.

Que muchas de las personas invitadas le cayeran mal y se hubieran metido con ella en algún momento de su vida no tenía nada que ver, por supuesto. Era una simple coincidencia. Aquello no era una venganza, era un acto de heroísmo.

—Que empiece la fiesta —murmuró para sí. Su perro, Pencho, levantó una oreja y bostezó en el sofá, claramente ignorando a su dueña.

 

La música sonaba atronadora en todos los rincones de su casa y la gente bailaba como si no hubiera mañana. Victoria se sonrió, mientras ella misma movía la cabeza al ritmo de Miguel Ríos sin poder evitarlo.

Mueve tus caderas

cuando todo vaya mal.

Mueve tus caderas

cada día más

alante y atrás.

Como hipnotizados, sus invitados bailaban y bebían, vertiendo ron Almirante en el sofá y llenándose la boca de los dulces que había preparado con tanto esmero, casi sin pararse a apreciarlos. Victoria gruñó y prefirió seguir disfrutando de la fiesta.

«Panda de desagradecidos».

—¡VICKYYYYYYYYYYY! —gritó una voz ebria desde las escaleras que daban al piso de arriba, donde se apalancaba la gente que quería más «privacidad».

«Ugh».

—¡Sonia! —saludó con fingido entusiasmo.

Sonia, la más popular de clase, bajó dando tumbos los escalones hasta llegar donde estaba. Se lanzó a sus brazos y Victoria tuvo que hacer malabares para sostenerla a ella, a su propia bebida y evitar que el cubata de Sonia acabara en su ropa.

—¡PEAZO BOTELLEO, ACHA! Pero tiene que poner música ma moderna, pijo. ¿Quién es este?

—¡Miguel Ríos, tía! ¿Cómo no lo conoces? —se escandalizó Victoria. ¿Qué clase de cultura musical tenía esta arpía?

—¿Ha salío en Operación Triunfo? —preguntó Sonia, dándole un largo trago a su cubata y soltando un eructo nada disimulado. Victoria se zafó de ella y la dejó que se sujetara contra la barandilla de la escalera.

«Aguanta, Vic, aguanta», trató de calmarse.

—No, Sonia, no ha salido en Operación Triunfo. Pero ahora pongo algo de los zagales de OT, no sufras.

Sonia, no obstante, no estaba sufriendo en absoluto. Ni siquiera la estaba escuchando: se había fijado en un chico que bailaba en el centro del salón dándolo todo y se dirigía tambaleándose hacia él.

—¡Llévame a coscoletas, Pepe! —gritó Sonia, echándose a sus brazos. Pepe la ignoró y siguió bailando.

Victoria suspiró, sacó su iPhone y cambió la lista de reproducción. Se oyó un grito de euforia generalizado cuando sonaron los primeros acordes.

—Incultos —masculló.

El reloj del salón marcaba las doce menos cuarto: hora de desaparecer y prepararlo todo. Subió las escaleras, esquivando los cuerpos borrachos de sus compañeros, y se encerró en la única habitación que había vetado al público: la habitación de sus padres. Abajo, en el salón, sonaban los acordes de una antigua canción de Operación Triunfo.

Hola, mira qué bien me va sola,

nadie a mí me controla.

Y aunque me lo pidas ya no te doy ni la hora.

 

En la habitación estaba todo preparado: un círculo de invocación pintado en el suelo, las velas apagadas en las cinco puntas del pentáculo y el papel con la invocación esperándola en una mesa. Pencho estaba hecho una bola en la cama, inamovible. Agitó un poco la cola cuando la vio aparecer, pero, por lo demás, no dio señales de reconocimiento.

Victoria encendió los cirios, se sentó en el centro del círculo con el papel en la mano y respiró profundamente. El reloj de la mesilla le indicaba que faltaban cinco minutos para las doce. Tenía que empezar ya. Se aclaró la garganta y comenzó a recitar.

«Invocación de bruja,
que como yo solo hay una,
Wicca reencarnada
y normalmente amada.
Me propongo recordar
y mis hechizos recobrar
para poder utilizar
todo mi poder ancestral.

Invoco a mis hermanas,
las brujas bienaventuradas,
para que abran mi mente
dejando que entre
la gran sabiduría
que contiene la brujería.

Invoco a los elementos,
en este gran momento,
para que me ayuden a actuar
y en ningún momento contrariar
las leyes del universo
para que todo sea perfecto.

Ayúdenme a encontrar
el camino correcto
para el hechizo ideal
en este preciso momento».

Durante unos segundos que se le hicieron eternos, no sucedió nada. Un silencio espeso cubría toda la estancia y Victoria solo era capaz de escuchar los latidos de su propio corazón y los ronquidos de Pencho. De repente, se dio cuenta de que solo podía escuchar eso: la música de la planta baja y los ruidos de la fiesta habían enmudecido. Y mientras pensaba qué podía significar, en el techo se abrió un agujero enorme por el que empezaron a salir, una detrás de otra, un montón de brujas.

Victoria gritó y se apartó del círculo de un salto, evitando ser aplastada por una docena de mujeres de todas las edades, alturas y apariencias posibles, que aterrizaron sin miramientos donde un segundo antes habían estado sus piernas. Las brujas observaron a su alrededor y una de ellas dio un paso al frente, sin ocultar la sonrisa divertida al ver a Victoria espatarrada en el suelo con cara de susto.

—¿Nos llamabas? —preguntó con sorna. Era menuda, entrada en carnes y con el pelo corto y de punta, coloreado de verde. Era evidente que era la líder.

—S-sí… —musitó Victoria sin voz.

La música de la planta baja volvía a atronar y las canciones llegaban hasta su cuarto. Las brujas se pararon a escuchar y una de ellas, alta y espigada, dio un par de saltos en el sitio. Tenía el pelo largo y casi blanco, y la piel de un oscuro color negro.

—¡Está sonando Agoney! —chilló, dando palmas.

«¿Las brujas conocen a los triunfitos de hace veinte años?»

Victoria estaba patidifusa.

—S-sí… —repitió, incapaz de decir nada más. Antes de poder reponerse del susto, otra de las brujas, que lucía una espesa barba azul y llevaba un moño de tres metros de alto, dio un paso al frente.

—¿Tienes M-Clan? —preguntó.

—¿Y de las Spice Girls? —preguntó otra.

«¿Qué está pasando?», chilló la mente de Victoria. Pero, como una idiota, solo pudo volver a asentir.

Las brujas chillaron emocionadas ante la perspectiva de escuchar al grupo murciano y Victoria cerró los ojos unos segundos. No entendía nada.

—¿Para qué nos has convocado? —preguntó de nuevo la líder.

«Por fin, vamos al grano».

—Quiero que ejecutéis mi venganza y acabéis con todos mis invitados —explicó atropelladamente. Las brujas se miraron entre sí y una de ellas suspiró, meneando la cabeza.

—Nunca nos convocan pa na divertío —se lamentó una de aspecto adusto y acento extremeño.

—Jo, Maura, yo no quiero matar a nadie —se quejó otra, que llevaba una túnica de colores y ya estaba bailando al ritmo de la música—. ¡Es Halloween! ¡Y hace años que no nos convocan! ¿No podemos disfrutar de la fiesta?

Victoria las miró boqueando como un pez fuera del agua.

—P-pero… —farfulló, pero las brujas le habían dado la espalda y parecían estar deliberando entre ellas.

Tras unos minutos, una de las brujas más jóvenes chilló de alegría y gritó:

—¡Voy a llamar a los chicos!

«¿Los chicos?».

La líder se giró a Victoria y se encogió de hombros.

—Lo siento, niña. Llevamos unos años muy malos y no nos apetece matar a nadie. ¡Nos quedamos a la fiesta!

Antes de que Victoria pudiera decir nada, comenzaron a invocar de cara al agujero que seguía abierto en el techo. De repente, la habitación comenzó a llenarse de seres sobrenaturales: elfos, enanas, duendes y hadas bajaban en tropel por el portal. La habitación se llenó peligrosamente y alguien abrió la puerta al grito de «¡FIESTA EN EL MUNDO HUMANO!»

Lo siguiente que escuchó Victoria fue el sonido de varios cristales rotos y exclamaciones de jolgorio en la planta de abajo. Al parecer, a sus invitados humanos no les importaba nada la presencia de seres extraños: cuantos más, mejor. Se quedó completamente sola en la habitación, escuchando cómo la fiesta que debía haber cumplido todos sus sueños se descontrolaba, y miró a Pencho con tristeza.

—Bueno, Pencho, al menos sí habrá un humano menos tras esta noche —murmuró—. Mamá me va a matar.

Pencho, como era de esperar, ni siquiera levantó la cabeza para mirarla.

Fin

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