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Laura Morán Iglesias

Página web y blog de Laura Morán, escritora de fantasía y ficción.

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microcuento

[Microrrelato] Vivir sin corazón

Tras un tiempo de parón, ¡os traigo un nuevo microrrelato! En esta ocasión es gracias a la idea de ThalyBlack, que me pidió lo siguiente:

¡Espero que os guste!

Vivir sin corazón

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[Microrrelato] Imprudencia y valor

Tras dos semanas en las que no he podido traeros ningún #microlaura, hoy vengo con uno más largo de lo habitual. La idea viene inspirada en esta frase que me dio Celia.

 

Una línea muy fina separa la imprudencia del valor.

En esta ocasión, he querido llevaros a mi propio universo, el universo de A través de la arenaLa historia se sitúa en la infancia de Dins, cuando tiene casi 12 años, y cuenta un evento del que se hace alguna referencia a la novela. ¡Tranquilos, que no tiene ningún spoiler de la trama!

Imprudencia y valor

Dins se había quedado rezagado tras el entrenamiento de aquel día. Harad en persona había bajado a supervisarle, algo que le pareció muy extraño: normalmente, quien le daba la clase era Elie, la maestra armera.

—Está a punto de cumplir los doce años, joven príncipe. A partir de ahora, yo mismo me encargaré de su entrenamiento —le había explicado Harad.

Tras eso, había comenzado uno de los entrenamientos más duros de su vida, y Dins no tenía fuerzas ni para devolver la espada a su sitio. Odiaba pelear. Se le daban mucho mejor otros estudios, como el de historia o caligrafía; pero no quería fallar a Harad. Admiraba al capitán de la guardia de su padre más que a nadie: a pesar de parecer frío, era un hombre valiente que siempre se preocupaba por él. No demostraba nunca sus sentimientos abiertamente, pero Dins lo sentía.

Con decisión, Dins sacó fuerzas y retomó de nuevo la espada. El sol se ponía tras los muros de palacio, pero aún tenía luz suficiente para entrenar un rato más y se dedicó a repetir los pasos y las estocadas que le habían enseñado ese día. Las instrucciones de Harad retumbaban en su cabeza. Quería hacerlo bien. Quería ser como él, valiente y fuerte. Cayó la noche y siguió entrenando, hasta que la falta de luz le hizo tropezar y caer sobre la gravilla, raspándose las rodillas.

—¡Au! —gimió.

«Un príncipe no debe mostrar sus emociones» recordó. Compuso una mueca para ocultar el dolor y, recogiendo la espada del suelo, fue a devolverla a su sitio.

Al salir de la caseta, enseguida notó algo extraño: el aire olía a humo y un resplandor rojizo iluminaba lo que antes era oscuridad. Se giró y se asustó al ver que de lo alto de la torre oeste salían lenguas de fuego. No eran lo suficientemente grandes aún como para que se vieran desde lejos, y Dins supo que había sido el primero en verlo. Corrió hacia el castillo con intención de alertar a la guardia, pero al pasar bajo las ventanas de la torre escuchó voces de auxilio.

—¡Hay gente en la torre! –exclamó para sí. El miedo le paralizó por completo. ¿Qué debía hacer? Si buscaba ayuda, llegarían demasiado tarde; pero le daba terror adentrarse él solo.

«Harad no dudaría un instante», pensó.

Echó a correr, tan rápido como le dieron las piernas. Subió los peldaños de la torre de dos en dos y pronto el humo le hizo toser. Se cubrió la cara con las manos y tanteó a ciegas, en busca del origen de incendio. Se topó con una puerta de madera que quemaba bajo sus dedos y empujó con todas sus fuerzas hasta lograr abrirla. Dentro se oían voces, pero él no podía llamarles. No tenía fuerzas suficientes para decirles que podían salir, que estaban a salvo.

Se derrumbó en el suelo, ahogado. La cabeza le daba vueltas.

Jamás sería tan bueno como Harad.

 

—¡… príncipe! ¡Joven príncipe, despierte! —una voz familiar le llamaba desde la oscuridad. Una ráfaga de aire limpio golpeó su cara y Dins abrió los ojos de golpe, tosiendo y aspirando grandes bocanadas.

Lo primero que vio fue el cielo estrellado sobre él: había conseguido escapar vivo. Sus ojos se enfocaron sobre la figura que, preocupada, se cernía sobre él. Una gota caliente cayó sobre su mejilla.

«¿Llueve?»

Se tocó la cara y examinó el líquido.

«¡Sangre!»

Alarmado, miró al hombre que le había rescatado. Harad aún lo sujetaba en sus brazos, y una herida cruzaba su rostro, desfigurándolo. Aún sangraba.

—Estás herido… por mi culpa —masculló Dins con un hilo de voz. Apenas era capaz de hablar—. Solo quería ser tan valiente como tú…

Harad, a pesar de sus heridas, sonrió.

—Una línea muy fina separa la imprudencia del valor, joven príncipe. No debe confundirlas.

Dins se vio atrapado en el abrazo del guardia. Algún día aprendería esa diferencia, pero no aquella noche.

Fin.

Como siempre, se agradecen los comentarios. ¡Espero que os haya gustado!

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[Microrrelato] El mejor Bando de todos

¡Feliz Bando de la Huerta! Hoy es el día grande de las Fiestas de Primavera de Murcia, ¿cómo iba a dejar pasar la oportunidad de traeros una nueva historieta de la resistencia? ¡Algo muy sencillo, que yo misma me voy a ver el desfile en un rato!

El mejor Bando de todos

La Gran Vía estaba llena de gente que trataba de hacerse un hueco para ver las carrozas. El desfile había comenzado a las cinco de la tarde, saliendo desde la Plaza González Conde, y no tardaría en llegar donde estaban ellos. Se esperaba que este Desfile del Bando de la Huerta fuera el más espectacular de la historia del Bando. ¡Y no era para menos! Hacía cinco años que Murcia había sido secuestrada y anexionada al Imperio Británico, y desde entonces cada día del Bando se esforzaban por recordar a los ingleses que, pasara lo que pasase, seguirían siendo murcianos.

En aquella ocasión, Paco habían reservado silla en primera fila: no se perdería una sola carroza por nada del mundo. Cuando el desfile comenzó a entrar por la Gran Vía le dio un vuelco al corazón. En primera instancia, caballos, unicornios y pegasos avanzaban en majestuosa hilera, haciendo demostraciones de poder. Tras ellos, asomado a la tarima de una carroza, el pregonero de aquel año entonaba una soflama panocha a voz en grito.

Paco desconocía el panocho, pero había podido leer una traducción de la soflama antes del desfile y se rio entre dientes ante los insultos y las bravuconadas dirigidas a los ingleses que, desde su posición privilegiada en algunos balcones de la calle, sonreían sin saber qué les decían.

Llegó la Reina Infantil con su séquito, y Paco distinguió a la hija adoptiva de Segun y Leandro: una pequeña ninfa, que saludaba con una sonrisa mellada y repartía caramelos entre los otros niños. Y tras ella, finalmente, la carroza de la Reina.

Erguida en su palco, Emilia lucía el traje de huertana con más estilo que nadie. Era el primer año que una no-humana ganaba el título de Reina del Bando, y Paco no cabía en sí de orgullo. Se levantó, vitoreó y gritó a los cuatro vientos el nombre de su amada, quien desde su altura parecía más imponente que nunca. Cientos de hadas revoloteaban alrededor de Milia y de su corte de damas humanas, enanas y cambiaformas.

Varios leprechauns saltaron por los aires, lanzando monedas de chocolate al público. Las ninfas hicieron surgir de entre sus dedos miles de flores que coronaron el ambiente.

Aquel fue el desfile más impresionante de todos, pero Paco solo recordaría la cara de inmensa felicidad de su Emilia.

Fin

Esta historia se engloba dentro del universo de fantasía murciana en la que se encuentra también Resistencia Murciana. Si os ha gustado, ¡os recomiendo que la leáis! Como siempre, todo comentario es bienvenido ♥

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[Microrrelato] La danza de la naturaleza

¡Llega un nuevo #microlaura! En este caso, está inspirado por una canción y un verso, cortesía de Raquel Laforet.

Al final de la entrada os adjunto la canción. Si podéis, ¡escuchadla, porque es maravillosa!

La danza de la naturaleza

Desde el día de su nacimiento, él nunca había visto el mundo como lo veían los demás. Mientras el resto de niños de la villa jugaba, corría y aprendía, Ngozi se quedaba en casa. Le habían dicho que estaba ciego, que no podía ver, y nadie entendía que él veía, pero de otra manera. No veía las formas o los colores, no veía a sus padres, pero veía. Veía sombras que no existían; no veía el sol pero lo sentía en su piel oscura y podía darle forma; no veía el agua pero la escuchaba correr y sabía qué era. Ante sus ojos blancos danzaban figuras extrañas que se movían a su alrededor.

Con seis años aprendió a comunicarse con las sombras que poblaban su mundo, a dominarlas a placer, obligarlas a hacer su voluntad; y lo que cambiaba en su interior se tornaba realidad fuera. Podía darle forma al mundo que le rodeaba, aunque no pudiera verlo. Le habían dicho que estaba bendecido, aunque a él le parecía una maldición.

Le erigieron Eze, le rodearon de consejeros, le enseñaron a utilizar su don.

Pero solo ahora lo comprendía de verdad.

Ríos de sangre manchaban su tierra. No necesitaba verlos para oler la sangre, sentir su calor en sus manos. Le rodeaba la muerte. Las sombras en sus ojos eran rojas como el fuego. Sus súbditos clamaban tras de sí por la muerte de los impíos.

—¡Igwekala! ¡Igwekala! ¡Igwekala! ¡Igwekala!

Aquel que sirve al pueblo. Y el pueblo pedía la muerte de sus enemigos. Pedía su sacrificio con ellos.

Ngozi cerró los ojos vacíos y dejó que los sonidos de la naturaleza lo envolvieran una vez más. Acalló los gritos y se centró en el sonido del agua, en las aves que sobrevolaban el bosque tropical, en el eco de la tierra. Dejó que la danza de la naturaleza le envolviera en su abrazo. De repente las sombras ante sí desaparecieron; por primera y última vez estaba solo en el mundo, en paz. Ngozi sonrió. Ojalá hubiera podido ver como veían los demás. Ojalá hubiera podido ser como cualquier otro hombre. Pero ahora estaba preparado para cumplir su destino.

Inspiró.

Espiró.

Muerte.

Nada.

Fin.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? ¡Hacédmelo saber en los comentarios! También acepto cafés y me he abierto un Patreon, donde por menos de un euro al mes recibiréis relatos exclusivos, microrrelatos a la carta y más.

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Os dejo con la canción que ha inspirado el relato: Nature’s dance, de Ayreon.

[Microrrelato] Risotto con setas

Dedicado a Andrea, que me dio la siguiente idea:

Está ambientado en la misma Murcia de fantasía que Resistencia Murciana, ¡por si no lo habéis leído todavía!

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[Microrrelato] Resistencia Murciana: ¿Epílogo?

¡Gracias! ¡Gracias, gracias, gracias! Gracias, GRACIAS.

Gracias a todas las que habéis tenido la bondad de donarme un cafecillo en Ko-Fi, ¡me habéis hecho inmensamente feliz! Tanto, que os quiero traer un agradecimiento, una chorrada: un pequeño epílogo al relato Resistencia Murciana que publiqué el domingo pasado. Si aún no lo habéis leído, ¡hacedlo antes de continuar con esta entrada! Tan solo es una escena cortita, pero espero que os guste.

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[Microrrelato] Héroe en tus ojos

Dedicado a Doña Sierpe, quien me dio inspiración con una sencilla frase: “Eres mi héroe”.

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Es martes, y los martes… ¡toca microcuento! (se oyen los vítores del público). Dejad que una escritora sueñe.

megustaescribir

 

Aquel martes me diste tu libro de ciencias y sé que lo hiciste sin pensar, por ayudar a una compañera que se había olvidado el suyo en casa. Gracias a tu amabilidad, o quizás a tu despiste, pude ver mi nombre entre las páginas, garabateado en el aburrimiento de una clase, y aunque fingí no haberlo visto aquello me dio fuerzas para decirte hoy lo que tanto tiempo he callado: creo que me gustas.

¿Cómo terminaríais vosotros este #microcuento?

Quizás porque es fiesta y vuelvo de una celebración familiar (mi abuela cumple 79 añazos, ¡felicidades a ella!), o quizás porque estoy inmersa en tres proyectos literarios distintos (siendo uno la corrección de la novela, y dos que os comentaré en otra ocasión) y la pereza me puede… pero hoy por fin me he decidido a completar uno de los microcuentos propuestos por Me Gusta Escribir en su página de Facebook. Todos los martes son martes de #microcuentos; y voy a intentar que, a partir de ahora, en el blog también lo sean.

Martes 8/12/15

Era martes y el orangután, despistado por naturaleza, no tenía ni idea de que era fiesta. Así que se vistió, cogió su maletín y dio un beso en la frente a su esposa, que aún dormía; y, que si hubiera estado despierta, le habría dicho que volviera a la cama, que era fiesta. Pero nadie le dijo nada al Señor Orangután, ni en el metro, ni en el edificio donde trabajaba, aunque el portero le miró con sorpresa; sorpresa que se llevó él, al encontrar la oficina cerrada, y recordar que era martes, y que ese día libraba.

¿Se os ocurre un nuevo final para mi microcuento? ¿Qué le ocurre al Señor Orangután al llegar a casa?

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